jueves, 20 de diciembre de 2018

Memorias en la capital

Mi forma de ser puede llevarme a los excesos de cometer pecados capitales. Ciertas circunstancias en la vida generan ansiedad que pueden llevarte a la gula; una infancia apegada al humanismo y fuera de los estereotipos, mezclados con el hecho de provenir de familias pobres originarias de áreas que no hace mucho fueron remotas y con poco acceso en la República Dominicana.

Una mala costumbre del desarrollo, o un vacío que traigo desde que era un feto, y lo escribo por la razón de que vine al mundo casi alcanzando 4 libras. Una de esas razones es la que causa mi amor por la comida.

Trabajar en un área donde la comida es abundante ha sido un reto para mi, y he tomado la fama de que de veras como. Quizá suene gracioso pero es la realidad, la comida puede llegar a ser una debilidad, y no en sentido de pasar el día comiendo, me puede pasar lo contrario, pero lo imposible es que se desperdicie la comida.

En el día de hoy estuve en Baní en una actividad donde no acudieron muchas personas, y la comida sobro en cantidad. En esta ocasión las personas que prepararon la comida la guardaron en platos desechables y fue devuelta, algo que no había pasado anteriormente.

Todo había sobrado, sándwiches, arroz, pollo horneado, res, pastelón y ensalada. Era trágico ver tanta comida amontonada y la gente no quería cargar con ella, costumbres de muchos la de "yo no cargo comida".

A mi edad puedo considerarme como loca, y por el hecho de que sabía que podía ser desperdiciada asumí el reto de tomar toda la comida en una de esas fundas grandes. Al llegar a casa veía el aceite de la carne gotear, todo un desastre.

Cuando vi la comida no sabia que hacer con ella, no podría comerla, y jamás desperdiciarla. Pero estaba en Santo Domingo, una ciudad llena de caos, un tráfico horrible, contaminación e indigentes por todos lados. Recordé que al desayunar veo personas que buscan en la basura quizá un poco de jugo, gente que duerme en la calle, y personas que piden por el hecho de que les falta una parte de su cuerpo.

Automáticamente comencé a repartir la comida en los distintos platos, todo un plato, eran más de 10, junto con los sándwiches, tomé la funda llena de grasa y salí a las calles.

Salir a las calles a buscar indigentes parece algo imposible los primeros 5 minutos, cuando buscas algo generalmente no lo encuentras. Pero entrando a la UASD había un señor sentado en una silla de ruedas, con mal estado físico, unos 70 años, lo mire fijamente y luego él me miro sonriendo, así que le pregunté si quería un sándwich y me dijo que sí, le pregunte si quería un plato de comida y me dijo: "mejor". Buscaba uno que tuviera arroz y al pasarlo le dije que le debía la cuchara, este me respondió "si no hay, se fabrica".

Agradeció a Dios el pobre hombre y me bendijo, aclamando a Dios y lo último que le escuché decir "eso fue Dios".

Era el primer plato y parecía todo normal, iba con mi funda llena de comida y al salir de la universidad encontré un hombre sucio acostado en un banco con los ojos abiertos, en plenas horas de la tarde, un rostro que no se olvida y una mirada llena de desgracias, de igual manera un plato de comida causó que me diera bendiciones y sonriera.

A pesar de aquel estado, aquellos hombres seguían confiando en Dios y le agradecían, quizá su fe los mantenía en aquella condición tan penosa. El tercer hombre estaba tirado en una acera, estaba negro por el sucio, luego de pasarle un plato vi que tenía un cigarrillo oculto en su otra mano, este no dijo nada.

El cuarto hombre estaba parada en la Bolívar, con fundas cerca, a simple vista no tenía tantos aspecto de indigente, pero tenía los pantalones sucios y una piel llena de bolas que resaltaban en su rostro, tardé unos minutos observandole y le ofrecí un sándwich, este accedió, luego de retirarme le miré y fue gratificante ver su rostro sonriendo.

Era mi pequeño momento siendo un poco de la gran Madre Teresa, iba por las calles con mi funda llena de comida y grasa, pero hacía una buena acción sin darle mente a lo que pensarán,  creía que llegaría a la avenida 27 de febrero pero al llegar a la Pedro Henríquez Ureña, vi un joven pidiendo, le faltaba un brazo, de unos 30 años, posiblemente víctima de los vicios, la mala vida, accedió a la comida; dos le acompañaban frente a un vehículo, eran las 3 de la tarde, el joven pedía, otro vendía cargadores y un hombre al parecer de nacionalidad haitiana tenia una nevera llena de bebidas, todos me pidieron comida y se las di.

Era raro, pero al cruzar a la acera se me acercaron unos hombres para pedirme comida,  no sabía de donde venían e igual les pasé platos de comida y sándwiches. Cuando les dije que ya no tenía más me dijeron que buscará en el carro, me quedé callada y me fui.

Habían terminado mis minutos de dadora alegre, me sentía bien y pensaba en las desgracias de mi país, en lo fácil que aceptaron la comida, en mi lugar no la hubiese tomado porque pensaría que estaría envenenada o tiene burundanga, cuan fácil sería eliminar la pobreza sadicamente.

Pensaba en que no les dije que echarán la basura al zafacón, eran personas sin nada y quien sabe cuantas historias se pueden sacar de hombres como aquellos, todos hombres, suelen aparecer mujeres con niños pequeños pero en este caso hoy no corrieron suerte.

Al bajar veía a los indigentes dormidos, uno en el banco y otro en la acera, el señor de la silla de ruedas no estaba, pero efectivamente dejó el plato de comida tirado en el lugar donde estaba en la universidad.

Indigentes, quienes en ausencia de la cordura, no se preocupan por los aspectos que te pueden llevar a ella, no tienen deudas, pasan por alto necesidades, no los llena el consumismo, quizá no tienen familia, solo les interesa el momento, sin nadie que les lloré en su ausencia permamente.

Hoy en el día de la solidaridad humana me hizo felíz salir con una funda llena de grasa para entregar platos de comida, algo que nunca había hecho, menos en la capital, a solo pocos días para la llegada de la navidad.

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