miércoles, 10 de junio de 2020

Los empujones pueden generar cambios

Mucha gente se pregunta por qué siempre posteo en contra del sistema que ha formado el PLD, que porque mi contra la política tradicional, quizá parezca una fanática de la política pero creo que más que eso me mueve el dolor, sí dolor.

Dolor por quienes me rodean ya que mi visión ante los derechos es colectiva no individual, pensar que mi papá me cambió en los últimos grados del bachiller haciendo un esfuerzo de sus ahorros a un centro privado porque al llevar mi cv conseguiría más fácil trabajo siendo egresada de una privada pero que me quede con todas las lagunas y me averguenzo cada vez que sin darme cuenta he escrito con faltas ortográficas cuando no se supone que sea así si ya casi termino la carrera de periodismo. Duele pensar que no quiero salir porque puedo ser asaltada y que me quiten las pertenencias fruto de mi trabajo y ahorro por meses.

Duele ver gente que dice que el pobre lo es porque quiere, cuando vengo de una familia campesina donde salud de calidad, un entorno social distinto y el empuje a estudiar o alguna beca posiblemente hubiese sido la hija de un gran médico o economista. Digamos que nacer en un gobierno del PLD y a los 21 años seguir en un gobierno del PLD no se siente bien, porque en el exterior uno se muestra ser el orgullo de mucha gente. "Ya tienes 21 años y terminaste la universidad", pero llevas arrastrando la cruz del atraso, de no venir de la clase media, la historia de trabajar desde que cumpliste los 18 y comenzaste a llevar una vida independiente, pagaste la universidad pública porque estaba de acuerdo a tu bolsillo y luego de 5 años sentiste que no aprendiste nada.

Sigue la cruz eres consciente de que fuiste un "milagro" porque de 4 embarazos pudiste desarrollarte en el vientre de una madre con la presión alta que con el tiempo se convertiría en la madre que sufrió un infarto, que quedó hemiplejica que a tu vida trajo depresión, porque no tenías nada, no eras nadie, no tenías nada asegurado, más que el deseo de trabajar y poder sostenerte, un sustento que hoy en día es el salario promedio de los dominicanos: 20,000 pesos, dinero que no te dará para aspirar a una casa por mucho tiempo, porque hay que comer, hay que transportarse, hay que pagar los servicios, hay que seguir la vida, comprar los medicamentos de tu mamá y con el mismo salario ¡Sorpresa! Tu madre tiene que operarse del corazón porque de lo contrario morirá, no tiene seguro y no sabes que harás de nuevo, porque la salud es una mercancía no un derecho y tienes que pensar de donde sacaras los miles y miles de pesos, aprender a ser austeros y sacar los fondos, y creo que de nuevo me ha llegado la depresión.

sábado, 2 de mayo de 2020

Saber decir "no"

Saber decir no influye en la vida de otros, no solo incide en el interior de nosotros mismos, comúnmente se habla sobre saber decir no para no afectar nuestro interior ya que no todo lo que recibimos nos hace bien y no esta mal rechazar pero que tanto incide la palabra "no" en el sentir de otras personas.

Comparto esto porque con frecuencia me topó con personas que no saben decir "no", solo dos letras que cambiarían mucho. Es un acto de egoísmo aceptar pudieron decir no y quedar como alguien sin palabra, hacer un compromiso o aceptar una presentación cuando no es nuestro deseo hacerlo es un error, decir "no" nunca dañará una amistad o la relación que tengas con una persona, todo lo contrario es un bien para ambos.

Me pasa con muchas personas que aceptan alguna invitación desaparecen y me hacen quedar mal cuando cuento con ellos en eventos muy simples y creo que esto puede ser algo que nos ha pasado a muchos comunicadores. Decir "no" ayuda a que quien invita busque otra persona, profesional o la forma de reprogramar su dia o actividad , elegir a alguien para una determinada actividad significa que esa persona confía en ti, te cree capacitado y quizá siente admiración.

En fin confieso que me cae mal y tengo mala percepción de quienes no me dicen un "no" pero prefieren un sí dado sin ganas haciendo entenderle al otro que su idea no importa, siquiera por educación muchos prefieren desaparecer en vez de enviar un mensaje previo, a esas personas las tengo en una lista donde por ninguna razón daría buena referencia de ustedes, el afecto y confianza desaparecen con acciones como estas, aprendan a decir "no".

viernes, 26 de abril de 2019

Aquello que no tiene costo

En estos últimos días he tratado de atesorar grandes momentos, "guardar la alegría en fundita, de dar banda y pensar más en mi persona".

No todas las personas de tu alrededor te entienden y muchos a propósito e insconcientemente hacen de tu vida una maravilla. No despreciaba anteriormente las pequeñas cosas, solamente no las buscabas, existen ciertas cadenas que nos afectan y no cae mal tener una temporada de egoísmo para ser tú, para sentir que vives en un mundo lleno de sorpresas desconocidas que solo esperan por ti.

Me he preocupado mucho por el futuro, mis temores me han presionado hasta el fondo, he tenido que soltar, alejarme de personas, aguantar críticas, en estos momentos no sé que hacer y mi logro este año ha sido no saber que hacer y mantenerme tranquila sin dejarme hundir.

Tenemos el derecho de tener buenos momentos, de explorar un campito desconocido como lo era para mi Copey, comer del buen chivo, tener un momento de felicidad al ver a las personas bailar una canción de Ala Jaza en la marquesina de su casa en familia, salir a la playa, comer tu plato favorito preparado por otras manos. La alegría proviene de las cosas pequeñas que acumulamos y recordamos en momentos de estrés, porque si, debemos llevar una rutina previa, ser conscientes de llevar un balance es prioritario para llevar un orden.

El mundo no tiene que ser la versión de una sola óptica, los demás nos enriquecen y eso no nos hace menos auténticos; el cariño de tus amigos que son las personas que siempre te rodean nunca esta demás, una de las mejores sensaciones este año ha sido sentir la empatía y el apoyo de grandes personas en mis peores momentos.

Cometer locuras a veces no está mal, sentirse en la libertad de realizar acciones que no te afecten o a otros no es un pecado, un día no tendremos los ánimos para realizar acciones que hoy en día ameritan un cuerpo joven. 2019 en sólo cuatro meses me da el sabor de que ha sido todo un año, un año en el que literalmente tuve un día para nacer de nuevo, liberarme de sentirme culpable, de lanzarme en ropa interior a la piscina, de irme a Monte Cristi, de recordar que tengo poca edad, pensar en que los momentos son irrepetibles.

miércoles, 2 de enero de 2019

Costumbre

Eran las seis de la tarde, y el sol anunciaba su despedida; teniendo en cuenta el ritmo de los acontecimientos de su desdichada vida, suspiraba y miraba al cielo buscando una salida.

Una notificación en su celular cambiaría el rumbo de la noche, sin pensarlo ella aceptaría. Diría sí a quien por meses llenaba su corazón de amargura y resentimiento, diría si al falso amor que recibía desde enero. Sentía la noche pesada, el estrés en su cuello,  carecía de brillo en sus ojos y prefería tomar aquello a una mala noche en el frio piso con desagradable compañía.

En la misma parada del Metro, ubicada en la Nuñez esperaba la llamada que anunciaba la llegada. Al entrar al vehículo una vaga conversación iniciaba, ¿cómo estás?, ¿qué has hecho?, ¿qué tal está tu familia?. El típico ritual de trayecto que ocurría en cada escapada, como amigos que se encuentran luego de varios meses sin hablar.

Quién imaginaria aquellos encuentros bajo la noche de la espléndida luna llena, amantes que no se amaban; pero quizá ya todo era costumbre, se tenían el uno al otro para saciar aquello que les cohibía su entorno, nadie sabía, nadie debía enterarse.

Ganas de liberar la vida que guardaba dentro, y ella tenía las ganas de salir del hoyo en el que se había metido. Se conocían, y no hay nada mejor que estar seguro con alguien de quién no esperas sorpresas.

Una vida de amantes, que dudaban de la existencia de sentimientos; sin compromisos, sin memorias, llenando sus rostros de besos y caricias, para terminar en el gran desahogo terrenal que permite la libertad.

No era lo mejor estar con quien en cada encuentro le debilitaba más el alma, pero ya no le importaba, pensaba en que dormiría en una cama, y liberaría las hormonas que producen la tan anhelada felicidad, sólo eso pasaría.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Memorias en la capital

Mi forma de ser puede llevarme a los excesos de cometer pecados capitales. Ciertas circunstancias en la vida generan ansiedad que pueden llevarte a la gula; una infancia apegada al humanismo y fuera de los estereotipos, mezclados con el hecho de provenir de familias pobres originarias de áreas que no hace mucho fueron remotas y con poco acceso en la República Dominicana.

Una mala costumbre del desarrollo, o un vacío que traigo desde que era un feto, y lo escribo por la razón de que vine al mundo casi alcanzando 4 libras. Una de esas razones es la que causa mi amor por la comida.

Trabajar en un área donde la comida es abundante ha sido un reto para mi, y he tomado la fama de que de veras como. Quizá suene gracioso pero es la realidad, la comida puede llegar a ser una debilidad, y no en sentido de pasar el día comiendo, me puede pasar lo contrario, pero lo imposible es que se desperdicie la comida.

En el día de hoy estuve en Baní en una actividad donde no acudieron muchas personas, y la comida sobro en cantidad. En esta ocasión las personas que prepararon la comida la guardaron en platos desechables y fue devuelta, algo que no había pasado anteriormente.

Todo había sobrado, sándwiches, arroz, pollo horneado, res, pastelón y ensalada. Era trágico ver tanta comida amontonada y la gente no quería cargar con ella, costumbres de muchos la de "yo no cargo comida".

A mi edad puedo considerarme como loca, y por el hecho de que sabía que podía ser desperdiciada asumí el reto de tomar toda la comida en una de esas fundas grandes. Al llegar a casa veía el aceite de la carne gotear, todo un desastre.

Cuando vi la comida no sabia que hacer con ella, no podría comerla, y jamás desperdiciarla. Pero estaba en Santo Domingo, una ciudad llena de caos, un tráfico horrible, contaminación e indigentes por todos lados. Recordé que al desayunar veo personas que buscan en la basura quizá un poco de jugo, gente que duerme en la calle, y personas que piden por el hecho de que les falta una parte de su cuerpo.

Automáticamente comencé a repartir la comida en los distintos platos, todo un plato, eran más de 10, junto con los sándwiches, tomé la funda llena de grasa y salí a las calles.

Salir a las calles a buscar indigentes parece algo imposible los primeros 5 minutos, cuando buscas algo generalmente no lo encuentras. Pero entrando a la UASD había un señor sentado en una silla de ruedas, con mal estado físico, unos 70 años, lo mire fijamente y luego él me miro sonriendo, así que le pregunté si quería un sándwich y me dijo que sí, le pregunte si quería un plato de comida y me dijo: "mejor". Buscaba uno que tuviera arroz y al pasarlo le dije que le debía la cuchara, este me respondió "si no hay, se fabrica".

Agradeció a Dios el pobre hombre y me bendijo, aclamando a Dios y lo último que le escuché decir "eso fue Dios".

Era el primer plato y parecía todo normal, iba con mi funda llena de comida y al salir de la universidad encontré un hombre sucio acostado en un banco con los ojos abiertos, en plenas horas de la tarde, un rostro que no se olvida y una mirada llena de desgracias, de igual manera un plato de comida causó que me diera bendiciones y sonriera.

A pesar de aquel estado, aquellos hombres seguían confiando en Dios y le agradecían, quizá su fe los mantenía en aquella condición tan penosa. El tercer hombre estaba tirado en una acera, estaba negro por el sucio, luego de pasarle un plato vi que tenía un cigarrillo oculto en su otra mano, este no dijo nada.

El cuarto hombre estaba parada en la Bolívar, con fundas cerca, a simple vista no tenía tantos aspecto de indigente, pero tenía los pantalones sucios y una piel llena de bolas que resaltaban en su rostro, tardé unos minutos observandole y le ofrecí un sándwich, este accedió, luego de retirarme le miré y fue gratificante ver su rostro sonriendo.

Era mi pequeño momento siendo un poco de la gran Madre Teresa, iba por las calles con mi funda llena de comida y grasa, pero hacía una buena acción sin darle mente a lo que pensarán,  creía que llegaría a la avenida 27 de febrero pero al llegar a la Pedro Henríquez Ureña, vi un joven pidiendo, le faltaba un brazo, de unos 30 años, posiblemente víctima de los vicios, la mala vida, accedió a la comida; dos le acompañaban frente a un vehículo, eran las 3 de la tarde, el joven pedía, otro vendía cargadores y un hombre al parecer de nacionalidad haitiana tenia una nevera llena de bebidas, todos me pidieron comida y se las di.

Era raro, pero al cruzar a la acera se me acercaron unos hombres para pedirme comida,  no sabía de donde venían e igual les pasé platos de comida y sándwiches. Cuando les dije que ya no tenía más me dijeron que buscará en el carro, me quedé callada y me fui.

Habían terminado mis minutos de dadora alegre, me sentía bien y pensaba en las desgracias de mi país, en lo fácil que aceptaron la comida, en mi lugar no la hubiese tomado porque pensaría que estaría envenenada o tiene burundanga, cuan fácil sería eliminar la pobreza sadicamente.

Pensaba en que no les dije que echarán la basura al zafacón, eran personas sin nada y quien sabe cuantas historias se pueden sacar de hombres como aquellos, todos hombres, suelen aparecer mujeres con niños pequeños pero en este caso hoy no corrieron suerte.

Al bajar veía a los indigentes dormidos, uno en el banco y otro en la acera, el señor de la silla de ruedas no estaba, pero efectivamente dejó el plato de comida tirado en el lugar donde estaba en la universidad.

Indigentes, quienes en ausencia de la cordura, no se preocupan por los aspectos que te pueden llevar a ella, no tienen deudas, pasan por alto necesidades, no los llena el consumismo, quizá no tienen familia, solo les interesa el momento, sin nadie que les lloré en su ausencia permamente.

Hoy en el día de la solidaridad humana me hizo felíz salir con una funda llena de grasa para entregar platos de comida, algo que nunca había hecho, menos en la capital, a solo pocos días para la llegada de la navidad.

martes, 23 de octubre de 2018

Sí mi esencia desapareciera del mundo.

Sí me tocará la mala dicha de marcharme de este mundo terrenal, no quisiera una despedida típica como las que hacen en mi país. Quisiera un adiós discreto sin que se enterarán quienes en vida me rodearon, un adiós sin despedidas católicas, porque nunca me gustó eso.

Sería mi deseo que me cremaran, que no hubiese una tumba que marcara el destino de recordarme, que ahí se gastarán mis pocos ahorros. Considero que no vale la pena gastar dinero en un ser que se ha marchado, y menos si el dinero es la razón por la cual del mundo me marchó.

Me gustaría que mis pertenecían queden en manos de quien las necesite, soy impecune, al fin y al cabo nada tengo, nada traje, nada me llevaré.

Les pesará la consciencia a muchos mi partida, otros sabrán el significado que tuvieron en mi vida, sólo consideraré verdaderos a las personas que me acompañaron en mis peores momentos, al resto gracias por formar parte de la experiencia.

De todo esto lo que más me dolerá es que soy consciente del dolor que tendrá mi madre, partir sin cumplir mis sueños, graduarme, conocer mi país y poder llegar a tierras extranjeras. Yo me considero del mundo, a las tradiciones y cultos no me apego.

Me llevo la satisfacción de nunca haberme cohibido de vivir, de ayudar, de dar todo de mi, de ser siempre quien quería ser y poder cumplir mis metas o al menos intentarlo.

Todas las partidas se superan, y yo siento que en este mundo no soy un elemento indispensable, me haría feliz que no queden mis recuerdos, y que la gente piense que fui una malagradecida que se fue a alguna parte del mundo para no volver.

No es que quiera que desaparezca mi esencia, pero es un hecho que me ha atormentado por años, ya no quiero molestar a quienes siempre me han ayudado, el mundo es individual y no colectivo.

Me alegra poder llegar, pensé que era una causa divina poder vivir en este mundo terrenal, pero hay un momento en el que te cansas del sufrimiento, de conocer que podría pasarte, te cansas de las malas emociones y sabes que al fin y al cabo, ese será tu destino final.

Si me voy, mi alma se irá libre, de ser pecadora me arrepiento, y agradezco todo aquello que pude presenciar, todas las bendiciones y los momentos en que Dios me dijo aquí estoy contigo. Pero creo que han llegado mis límites y la señal de marchar.

Hace ya más de cinco años que comenzaron mis ideas suicidas, creo que todo lo acumulado es lo que me pesa, saber que llegué a un punto donde mis desgracias causan pena. No soy fuerte y en estas últimas instancias mi mundo se ha desplomado, le pedí fortaleza a Dios, y sólo recibí más evidencias de aspectos que me hacían debilitarme.

A Dios que me perdone por cada uno de mis pecados, y lamentó que se haya equivocado conmigo, fui un elemento puesto en un lugar que  no era conveniente. Se que mi futuro podría ser brillante, pero de veras no me sale la inspiración de seguir viviendo, sólo adelanto que pase aquello que le da fin a la vida de las personas.

No me extrañen, que me olviden es mi deseo, que nadie diga una palabra de mi, y que no me mantengan viva, en estos extremos sólo me consideró un error, una chispa que quiso descubrir y entró al mundo por desobediencia, pero de un modo u otro todo tiene final.

Creo que, ya me cansé de la vida.

jueves, 11 de octubre de 2018

Un atraco más

Eran las dos de la mañana, ella sentía que había perdido su tiempo, se sentía cansada, llena de pensamientos que inundaban su cabeza; cuanto pensaba, cuanto analizaba cada detalle, cada rasgo y gesto que las personas hacen con naturalidad al hablar.

Era desesperada, intensa e impulsiva, así como llegó al lugar en el que estaba, decidió marcharse a casa, sin importar lo que dejaba atrás; era alguien independiente acostumbrada a la soledad, no le gustaba depender de la decisión de otras personas.

Salió a la avenida del Malecón y sintió la brisa rozar por todo su cuerpo. Dos y dieciocho minutos de la mañana, caminaba en una ciudad ajena, una ciudad que en momentos le provocaba pensar en que rayos hacía allí. Su vista se enfocaba en el mar al caminar, su mente se concentraba en la noche.

No era una costumbre lo que hacía en ese momento, era su primera vez, y no tenía idea de que pasaría, pero era el mundo. Sí, temía de aquella ciudad que sólo le traía desgracias, pero de una manera u otra volvía a ella. Era ingenua y se lamentaba de la personalidad que le pertenecía.

Entro a una de las calles que conforman la esquina en la que vivía, al mirar atrás vio una sombra, y decidió adelantar su paso. Era visible la figura de un delgado hombre con pelo largo, que iniciaba a perserguirla en la oscuridad. Comenzó a caminar más rápido, él a correr y sacó un puñal.

Hay momentos en la vida en que simplemente te sientes en medio de la vida y la muerte, es tan catastrófico pensar que todo tus sueños y la creación de una vida en la que se ven involucrada tantas personas, se vaya en cuestión de minutos por los vicios narcóticos, que se apoderan de vidas necesitadas, de manera sorpresiva han llegado a perder el sentido, y se encuentran en el más bajo estado al que puede llegar una persona.

El arma era un puñal con rayas azules y rojas, puntiagudo, como esos que usan los señores que viven en el campo. Ambos corrían, él llevaba el arma en su mano derecha, y le indicó con la otra que callara, era un asalto. La chica pensó que un forcejeo sería un error en una situación como esa, asi que el hombre le tomo su pequeño bulto y salió corriendo.

Un momento como este es de gran impacto para cualquiera, pero era una chica fuerte que había aprendido que a los perros se les habla fuerte. El shock y el miedo hicieron que su voz cambiará y sus cuerdas vocales emitieron lo primero que llegó a su mente: "¡un ladrón!".

Quizá estaba loca, quizá no era del todo normal, pero en una situación así, luego de gritar, su reacción fue correr detrás del individuo que le había arrebatado sus cosas. Corrió como nunca lo había hecho y gritaba las primeras palabras que habían salido de ella ante la conmoción; lo persiguió sin perderlo de vista, como si pudiera hacer algo si lograba alcanzarlo, no tenía nada y estaba en aquella gran ciudad, por sus sueños, por lo que había sacrificado, porque sentía que tenía el poder de hacer lo que quisiera. Ella creía que sólo la vía láctea y más allá eran su límite, tomando en cuenta que no deseaba ser astronauta.

Lo perdió de vista, pero estaba en un lugar lleno de personas, sentía que se le desmonoraba el mundo. Preguntó por el hombre y captó la atención de todos, no aguantaba la respiración, no lo veía y no podía haberse esfumado de la nada. Era la primera vez que le pasaba algo así, y comenzó a preguntar, hablaba con todos, le habían robado su pequeño bolso, y pudo haber sido parte de las estadísticas de mujeres a las que le han arrebatado la vida.

Apareció un policía y le dio la esperanza de recuperarlo, inició la búsqueda, estaba en aquella esquina, llena de gente de bajos estatus. Una esquina iluminada por una gasolinera donde cerca esperaban las prostitutas, hombres queriendo discutir; habían muchas personas y todos ayudaron a la pobre chica que sólo oraba con la esperanza de recuperar aquello que le pertenecía.

No le dolía tanto perder sus cosas, le dolía que perderlos implicaba dar explicaciones, tener que escuchar un "te lo dije" de su padre que se había negado a que estuviera allí. Que situación explicaría cuando se dieran cuenta de que la forma para comunicarse con ella no estaba habilitada, como primera señal.

Hizo lo primero que haría alguien que creció con la idea de que al nacer fue considerada un milagro, oró; con tantas fuerzas y fe para que saliera aquel hombre o que de una forma u otra ella pudiera recuperar sus cosas. Su corazón se aceleraba cada vez más y más, y miraba a todos lados; el policía logró encontrarlo en un edificio abandonado que estaba al lado de la gasolinera, había subido por un árbol, por eso la chica lo perdió de vista.

Todos comenzaron a llamarlo, él empezó a lanzar botellas, la situación era tensa, pero saber dónde estaba aquel hombre le daba esperanzas, y estaba viva, recibía ayuda, en medio de aquellas personas que no conocía y en la peor situación de su vida. El policía le dijo que sus documentos podrían aparecer tirados, al siguiente día en la mañana, y que el teléfono lo podían rastrear, que hiciera una denuncia. Pero recordó que no era la primera vez que le sustraian algo suyo; en una ocasión mientras viajaba, sustrajeron su teléfono de su mochila, hizo la denuncia, el sistema no hizo nada.

Comenzó a llorar, comenzó a decir todo lo que se le ocurrió por su mente, llegaron otros policías trataron de calmarla, y luego de conocer lla situación, uno de los policías que era una mujer de unos 5'8 pies y morena, comenzó a hablarle incorrectamente. Que se puede pensar de un país en el que te asaltan, y las esperanzas de recuperar tus pertenencia son mínimas.

Seguía angustiada, y las oraciones salían entrecortada de sus labios. Inesperadamente un hombre regreso con su bulto, este se encontraba intacto. No creyó lo que el hombre dijo, sólo agradeció a Dios, a todos los que estaban presentes, y al señor que le devolvía su bulto. Estaba en shock con su corazón acelerado sin saber que hacer, el señor le contó que el había visto que quien le robó lanzó algo al techo de aquel edificio abandonado; era un bulto sin peso, nada llamativo, fácil de sostener, quizá lo tiró para trepar el árbol y subir, quien sabé.

Estaba con los policías contando hasta 10, se sintió tan agradecida, tan culpable, tan impotente, su cabeza estaba llena de pensamientos.

Al llegar a casa, no sabía que hacer, y básicamente quienes le rodeaban le echaron la culpa. Nada que lamentar, un mal momento, y más de una gran lección.

Los empujones pueden generar cambios

Mucha gente se pregunta por qué siempre posteo en contra del sistema que ha formado el PLD, que porque mi contra la política tradicional, qu...