jueves, 11 de octubre de 2018

Un atraco más

Eran las dos de la mañana, ella sentía que había perdido su tiempo, se sentía cansada, llena de pensamientos que inundaban su cabeza; cuanto pensaba, cuanto analizaba cada detalle, cada rasgo y gesto que las personas hacen con naturalidad al hablar.

Era desesperada, intensa e impulsiva, así como llegó al lugar en el que estaba, decidió marcharse a casa, sin importar lo que dejaba atrás; era alguien independiente acostumbrada a la soledad, no le gustaba depender de la decisión de otras personas.

Salió a la avenida del Malecón y sintió la brisa rozar por todo su cuerpo. Dos y dieciocho minutos de la mañana, caminaba en una ciudad ajena, una ciudad que en momentos le provocaba pensar en que rayos hacía allí. Su vista se enfocaba en el mar al caminar, su mente se concentraba en la noche.

No era una costumbre lo que hacía en ese momento, era su primera vez, y no tenía idea de que pasaría, pero era el mundo. Sí, temía de aquella ciudad que sólo le traía desgracias, pero de una manera u otra volvía a ella. Era ingenua y se lamentaba de la personalidad que le pertenecía.

Entro a una de las calles que conforman la esquina en la que vivía, al mirar atrás vio una sombra, y decidió adelantar su paso. Era visible la figura de un delgado hombre con pelo largo, que iniciaba a perserguirla en la oscuridad. Comenzó a caminar más rápido, él a correr y sacó un puñal.

Hay momentos en la vida en que simplemente te sientes en medio de la vida y la muerte, es tan catastrófico pensar que todo tus sueños y la creación de una vida en la que se ven involucrada tantas personas, se vaya en cuestión de minutos por los vicios narcóticos, que se apoderan de vidas necesitadas, de manera sorpresiva han llegado a perder el sentido, y se encuentran en el más bajo estado al que puede llegar una persona.

El arma era un puñal con rayas azules y rojas, puntiagudo, como esos que usan los señores que viven en el campo. Ambos corrían, él llevaba el arma en su mano derecha, y le indicó con la otra que callara, era un asalto. La chica pensó que un forcejeo sería un error en una situación como esa, asi que el hombre le tomo su pequeño bulto y salió corriendo.

Un momento como este es de gran impacto para cualquiera, pero era una chica fuerte que había aprendido que a los perros se les habla fuerte. El shock y el miedo hicieron que su voz cambiará y sus cuerdas vocales emitieron lo primero que llegó a su mente: "¡un ladrón!".

Quizá estaba loca, quizá no era del todo normal, pero en una situación así, luego de gritar, su reacción fue correr detrás del individuo que le había arrebatado sus cosas. Corrió como nunca lo había hecho y gritaba las primeras palabras que habían salido de ella ante la conmoción; lo persiguió sin perderlo de vista, como si pudiera hacer algo si lograba alcanzarlo, no tenía nada y estaba en aquella gran ciudad, por sus sueños, por lo que había sacrificado, porque sentía que tenía el poder de hacer lo que quisiera. Ella creía que sólo la vía láctea y más allá eran su límite, tomando en cuenta que no deseaba ser astronauta.

Lo perdió de vista, pero estaba en un lugar lleno de personas, sentía que se le desmonoraba el mundo. Preguntó por el hombre y captó la atención de todos, no aguantaba la respiración, no lo veía y no podía haberse esfumado de la nada. Era la primera vez que le pasaba algo así, y comenzó a preguntar, hablaba con todos, le habían robado su pequeño bolso, y pudo haber sido parte de las estadísticas de mujeres a las que le han arrebatado la vida.

Apareció un policía y le dio la esperanza de recuperarlo, inició la búsqueda, estaba en aquella esquina, llena de gente de bajos estatus. Una esquina iluminada por una gasolinera donde cerca esperaban las prostitutas, hombres queriendo discutir; habían muchas personas y todos ayudaron a la pobre chica que sólo oraba con la esperanza de recuperar aquello que le pertenecía.

No le dolía tanto perder sus cosas, le dolía que perderlos implicaba dar explicaciones, tener que escuchar un "te lo dije" de su padre que se había negado a que estuviera allí. Que situación explicaría cuando se dieran cuenta de que la forma para comunicarse con ella no estaba habilitada, como primera señal.

Hizo lo primero que haría alguien que creció con la idea de que al nacer fue considerada un milagro, oró; con tantas fuerzas y fe para que saliera aquel hombre o que de una forma u otra ella pudiera recuperar sus cosas. Su corazón se aceleraba cada vez más y más, y miraba a todos lados; el policía logró encontrarlo en un edificio abandonado que estaba al lado de la gasolinera, había subido por un árbol, por eso la chica lo perdió de vista.

Todos comenzaron a llamarlo, él empezó a lanzar botellas, la situación era tensa, pero saber dónde estaba aquel hombre le daba esperanzas, y estaba viva, recibía ayuda, en medio de aquellas personas que no conocía y en la peor situación de su vida. El policía le dijo que sus documentos podrían aparecer tirados, al siguiente día en la mañana, y que el teléfono lo podían rastrear, que hiciera una denuncia. Pero recordó que no era la primera vez que le sustraian algo suyo; en una ocasión mientras viajaba, sustrajeron su teléfono de su mochila, hizo la denuncia, el sistema no hizo nada.

Comenzó a llorar, comenzó a decir todo lo que se le ocurrió por su mente, llegaron otros policías trataron de calmarla, y luego de conocer lla situación, uno de los policías que era una mujer de unos 5'8 pies y morena, comenzó a hablarle incorrectamente. Que se puede pensar de un país en el que te asaltan, y las esperanzas de recuperar tus pertenencia son mínimas.

Seguía angustiada, y las oraciones salían entrecortada de sus labios. Inesperadamente un hombre regreso con su bulto, este se encontraba intacto. No creyó lo que el hombre dijo, sólo agradeció a Dios, a todos los que estaban presentes, y al señor que le devolvía su bulto. Estaba en shock con su corazón acelerado sin saber que hacer, el señor le contó que el había visto que quien le robó lanzó algo al techo de aquel edificio abandonado; era un bulto sin peso, nada llamativo, fácil de sostener, quizá lo tiró para trepar el árbol y subir, quien sabé.

Estaba con los policías contando hasta 10, se sintió tan agradecida, tan culpable, tan impotente, su cabeza estaba llena de pensamientos.

Al llegar a casa, no sabía que hacer, y básicamente quienes le rodeaban le echaron la culpa. Nada que lamentar, un mal momento, y más de una gran lección.

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